Proverbios 1:12 NVI

06 enero 2016

“traguémonos a alguien vivo, como se traga el sepulcro a la gente; devorémoslo entero, como devora la fosa a los muertos”. Proverbios 1:12 NVI

Mucha gente considera que los pecados de hurtar y matar son los únicos pecados graves que existen.

Todo otro pecado es, según ellos, algo a lo que Dios le concede poca importancia.

Cuando se les recuerda que todos somos pecadores y que necesitamos a Jesucristo, ellos típicamente responden…

- Yo nunca he hecho nada malo.

Por supuesto, ellos se refieren a que nunca han matado a nadie o nunca han robado un banco.

Estas personas se horrorizarían si alguien viniera y les propusiera asesinar a otros.

También se escandalizarían si alguien les invita a participar en el asalto a un banco.

Cualquier otra oportunidad para hacer algo malo e indebido no la considerarían como algo reprochable y estarían dispuestos a participar sin preocuparles mucho que piensa Dios al respecto.

Por eso es que somos tan ingenuos cuando prestamos atención a las invitaciones que nos hace el mundo a hacer algo que a Dios no le agrada.

Estas invitaciones están usualmente decoradas y endulzadas con promesas de diversión, entretenimiento, satisfacción, fama, poder, atractivo sexual, alegría, riquezas, éxito y cosas como éstas.

Cuando la gente recibe estas invitaciones no se detiene a pensar si lo que está a punto de hacer le agrada o no a Dios.

Por eso el mundo está como está.

La única voz a la cual le debemos poner atención y rendir obediencia es la voz de nuestro pastor y maestro Cristo Jesús.

Como ovejas del rebaño que el buen pastor pastorea y por quienes él ha dado su vida, cuando él sale delante de nosotros, nosotros lo seguimos porque reconocemos su voz.

El mundo no desea que sigamos a nuestro pastor sino que seamos atacados por el lobo y seamos dispersados del rebaño.

La única manera de estar seguros es manteniéndonos dentro del rebaño, atentos a la voz del pastor.

Si nos distraemos escuchando las falsas promesas del mundo corremos el grave peligro de extraviarnos.

Mantengámonos, recibiendo la dirección que el maestro nos tiene cada mañana cuando nos acercamos a él por medio de la lectura de su palabra y la oración.

Siguiendo sus instrucciones diariamente podremos discernir los engaños y trampas que el mundo tiende a nuestros pies para que tropecemos y caigamos.

Sólo con la ayuda de Jesucristo podremos evitarlo.


Amén.

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